No estábamos preparados para una emergencia con nuestro bebé, y la mujer que se quedaba con él tras mi baja de maternidad, tampoco.
Un día, mientras dormía la siesta, Álvaro sufrió una aspiración de vómito y la mujer que le cuidaba en casa le encontró ahogándose y entró en pánico. Su reacción, lamentablemente, fue zarandearlo, lo cual empeoró la situación. Salió a la calle con el bebé inconsciente en brazos y, esta vez, le sonrió la suerte: unos vecinos les vieron y, sin perder tiempo, les llevaron en coche al centro de salud, mientras nuestro vecino hacía el boca a boca a Álvaro. Allí consiguieron reanimarle, pero Álvaro había sufrido un daño cerebral a causa del zarandeo. Lo trasladaron de urgencia al hospital, donde le ingresaron en UCI neonatal y le hicieron todo tipo de pruebas. No sabían si sobreviviría.
Tras cuatro días en UCI, ¡Álvaro empezó a reaccionar! Ésta fue nuestra primera gran alegría: Nuestro hijo iba a recuperarse. Un mes después, le dieron el alta, pero nos advirtieron de que, en un bebé tan pequeño, no se podía prever el alcance de las secuelas. Aun así, todos los neurólogos coincidían en algo: Éstas serían más leves cuanto más intensa fuera su rehabilitación. Hicimos la pregunta que haría cualquier persona en esta situación: “¿Qué se recomienda? Haremos todo lo que esté en nuestras manos.” Y la respuesta fue clara: “Aparte de la atención temprana, lo más eficaz es la piscina y la continuidad del trabajo en casa.” Y así, comenzó el largo e incierto viaje de la rehabilitación de Álvaro.
Imaginarás que fue muy duro: comenzamos a leer sobre estimulación, desarrollo del cerebro y cualquier tema relacionado. Nos formamos en primeros auxilios. Recorrimos la zona buscando al mejor terapeuta y nos hicieron hueco en la única piscina de matronatación que había en nuestra ciudad. Era un trabajo diario, pero muy pronto empezó a dar sus frutos. Álvaro era (¡es!) un niño muy perseverante y su recuperación fue espectacular. Un año después, incluso a los neurólogos les costaba creer su historial. Le dieron el alta en atención temprana con 3 años y comenzó la Escuela Infantil como un niño más.
Hoy por hoy, Álvaro tiene 7 años y sólo le ha quedado mala agudeza visual en un ojo, pero hace vida completamente normal y va al cole con los niños de su edad. ¡Cuánta angustia nos habríamos ahorrado si hubiéramos sabido esto! Todos los esfuerzos valieron la pena.
Otras familias no tienen tanta suerte como nosotros, pero lo que sí es seguro es que el trabajo de estimulación y rehabilitación tiene un gran impacto sobre la calidad de vida de los peques. Cuanto más, mejor. Ganarán en autonomía, confianza, felicidad. Y por supuesto, con ellos, también sus familias.